Canteras de San Pitar

Los pilares de mi tierra

Alamayate. Vélez-Málaga, Málaga

Finalizado el verano, ya no quedan turistas en sus playas. Testigo mudo frente a la 340, el Mediterráneo ve pasar los vehículos como cuando contemplaba impasible el flujo continuo de antiguas civilizaciones, de las antiguas culturas. Siempre abierto a la llegada de nuevos pueblos, agradecido cuando la recogida de sus preciados frutos y practicable en tantas travesías que pusieron en contacto a innumerables comunidades unas con otras. Hoy permítanme hablar de una cantera próxima a una de sus costas, que durante el desarrollo de la ciudad de Málaga se convirtió en elemento fundamental sin pretenderlo.

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Tierra, sudor y sangre

El desastre de al-Araq (IV)

Los yelmos de los castellanos ya se reconocían a la distancia. Abu Yahya, el jeque almohade, a voz en cuello gritó su primera orden. Entonces los estandartes califales se agitaron, señal que fue interpretada, rápidamente, por los jefes de las diferentes cábilas que pasaron a transmitirla a sus hombres. En una impecable maniobra sincronizada, al unísono las líneas de lanceros más avanzados hincaron rodilla en tierra y, pertrechados tras sus escudos, asomaron picas hacia el exterior, clavando el otro extremo de las astas en el suelo.

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Divus Augustus

No había pasado más que un breve lapso de tiempo cuando vi aparecer a Caecilius doblando la esquina exterior del pórtico. Caminaba con los hombros caídos y el semblante serio, con la mirada perdida en el rico y cuidado pavimento que pisaba. Parecía desalentado, tal vez abatido; nada que ver con ese optimismo mostrado ante las puertas de la domus. Me llamó mucho la atención que aún portara bajo el brazo aquel objeto envuelto en paño con el que había salido de su vivienda, pero ni rastro de las muestras de cerámica que le había hecho entrega.

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La Cueva de Hércules

Iglesia de San Ginés, Toledo

Ahmed-ar-Razi, también conocido como el moro Rasis, en su obra Crónica del moro Rasis ya desaparecida (siglo X d.C.), nos relata, a modo de vaticinio, el final del reino visigodo y la entrada de los musulmanes a la península, leyenda de la que se hicieron eco cronistas castellanos como Jiménez de Rada (De Rebus Hispaniae) o Alfonso X el Sabio (Crónica General de España) entre otros. En ella se relata que:

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Ara Pacis Augustae

… Bajo el consulado de Tiberio Nerón y Publio Quintilo, cuando regresé a Roma de mi viaje a Hispania y la Galia y después de haber llevado a cabo afortunadas empresas en estas provincias, el Senado decretó que se debía consagrar en honor a mi llegada el Ara Pacis en las proximidades del Campo de Marte y dispuso que los magistrados, sacerdotes y vírgenes Vestales celebrasen cada año un sacrificio en él.”. (Res Gestae Divi Augusti, 12.2)

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El derrumbe de las defensas

La caída de Sagunto. Capítulo VII

Durante algún tiempo, mientras sanaba la pierna del Bárquida, disfrutamos de cierta tranquilidad en las defensas. El bloqueo permanecía, eso es cierto, impidiendo con su cerco que nadie pudiera entrar o salir de la ciudad. Pero también es cierto que se produjo una especie de tregua no pactada, un leve respiro necesario a la población que permitió la continuidad en las obras de fortificación interna con todos los brazos disponibles.

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Sisapo

La Bienvenida. Almodóvar del Campo, Ciudad Real

Desde las primeras luces del alba varias de las esclavas se habían dedicado a preparar algunos ungüentos y cremas con los que maquillarían esa misma mañana a la domina. Era un día importante para Roma, se celebraba el regreso de Augusto tras su viaje a tierras de la Galia e Hispania. Por fin ambas provincias habían quedado completamente pacificadas.

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