Cancho Roano, edificio sacro y mercantil

Zalamea de la Serena, Badajoz

Motivado por los problemas que se vivieron en el Mediterráneo Oriental entre los siglos VII-VI a.C., dentro del comercio peninsular se producirá la caída en el valor de los metales. Esta situación dará lugar a una acusada disminución en el ritmo de la metalurgia y la economía y el desarrollo tartésico, tan dependientes de esta actividad, se verá gravemente afectado. El cambio en el status quo orientalizante conllevará una crisis con los fenicios de Gadir e, irremediablemente, la ruptura de relaciones.

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Ipsca

Cortijo de Izcar. Baena, Córdoba

Todo lo acontecido en la ciudad íbera de Iponuba no será para nada excluyente en el resto de comunidades asentadas en el valle, menos aún con aquellas que seguían compartiendo el sustrato tartesio ipo- (ciudad) cuando se colonializan las vías comerciales con el objetivo de conectar la ciudad principal con aquellas otras establecidas más allá de las montañas del norte.

En resumen, los inicios de la ciudad de Ipsca se remontarán al Bronce final y adquirirá un notable auge en época íbera, aunque su mayor apogeo se producirá cuando se lleve a cabo la romanización en toda esta parte de la campiña bañada por el Salsum Flumen.

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Iponuba

Cerro del Minguillar. Baena, Córdoba

Mediados del siglo II d.C., un liberto llamado Cornelio Saturnino, antiguo y fiel esclavo de la familia Cornelia, inquieto supervisa la instalación de un dintel en las proximidades de la plaza pública de Iponoba. Orgulloso contempla como en la epigrafía se hace mención a su reciente ascenso augustal. Sabe que con la importante donación satisfecha y su recién nombramiento a la magistratura de la ciudad, sus hijos y nietos tendrán el camino despejado para ocupar, en el futuro, un cargo en el Corsus Honorum Municipal. Por este motivo quiere asegurarse que la piedra con su dedicatoria quede bien visible y, a poder ser, perfectamente legible para el resto de ciudadanos.

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La colonia tartésica de Conisturgis

Sobre la fundación de Tartessos nos llega el mito de Habis en el que se nos relata:

Gárgoris, su viejísimo rey, fue el primero en introducir la costumbre de recolectar miel. Como le hubiese nacido un nieto por estupro de su hija, por vergüenza quiso hacer morir al pequeño de varias formas, aunque la Fortuna le protegió de todos los peligros para que lograra el reino. En primer lugar, como hubiese ordenado que fuera abandonado, cuando unos días después envió a buscar el cuerpo del expósito, lo encontró alimentado por la leche de diversos animales salvajes. Después, tras ser llevado a casa, ordenó que fuera arrojado a un paso angosto que solía cruzar el ganado; decisión cruel, pues prefirió que su nieto fuese pisoteado a que sufriera una muerte simple. Como allí tampoco fuera dañado ni le faltara alimento, lo arrojó primeramente a perros hambrientos, por no comer durante muchos días, y después también a jabalíes. Y así, como no sólo no le dañasen que incluso era alimentado por las ubres de algunas fieras, por último ordenó que fuera arrojado al Océano. Entonces, se manifestó claramente un numen divino que le sostuvo sobre las olas y los mares enfurecidos, los cuales entrechocaban como si navegara sobre un navío, y no flotando sobre el mar, hasta ser depositado sano y salvo en la orilla. No mucho tiempo después apareció una cierva que ofreció sus ubres al pequeño. Finalmente, a partir de entonces, el muchacho adquirió del trato de la nodriza una agilidad extraordinaria y durante mucho recorrió montes y bosques entre manadas de ciervo con velocidad no inferior a ellos. Por fin, cazado a lazo, fue entregado al rey como regalo. Entonces reconoció al nieto por la semejanza de rasgos y las señales corporales que de niño le habían marcado a fuego. Admirado desde entonces por tantas desgracias y peligros, fue designado rey sucesor del reino…”. Justino (XLIV, 4)

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