Edeta (continuación)

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Edeta quedó definida, finalmente, como un gran centro de poder, además de ser la residencia de la dinastía real y toda su aristocracia dependiente. Se le asignará el papel de único ámbito autorizado donde practicar el intercambio comercial, cometido a través del cual las élites se asegurarán controlar el poder económico. De esta forma se mantendrá la hegemonía con respecto al resto de asentamientos, entendidos a estos últimos como simple servidumbre territorial.

Los diversos régulos que gobernaron la ciudad íbera ocuparían lo que se entiende como acrópolis, es decir, la cima del cerro y lugar en el que también se encontraban los edificios públicos y religiosos. Por el contrario, el estamento aristocrático, la élite edetana, irá disponiendo sus viviendas de forma escalonada y siempre empotradas sobre las distintas laderas, asentándose a modo de graderío. De esta forma quedaron definidos los sucesivos anillos residenciales que además cumplirán la función de líneas defensivas para los casos en los que sus murallas fueran expugnadas. Porque Edeta, sin lugar a dudas, debió contar con un importante recinto murario en el que se levantaran torres, bastiones, puertas, etc.

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Calle en el urbanismo de la antigua Edeta íbera. Tossal de Sant Miquel. Llíria, Valencia.

La capital pudo ocupar, perfectamente, una superficie total de unas quince hectáreas, distribuyendo sus barrios residenciales a lo largo de las distintas laderas. Las manzanas de viviendas se irán disponiendo, longitudinalmente, a modo de hileras y las calles correrán paralelas a las curvas de nivel, salvando estas últimas mediante rampas en zigzags y callejones serpenteantes. A través de ellas se realizará tanto el tránsito de personas, como la circulación de carros y caballería. En resumen, las calles no son más que el producto resultante de los espacios que quedaron por delante de las distintas fachadas y que permitían el acceso a las viviendas.

La población irá adaptando sus barrios según se van instalando las distintas familias o los grupos sociales vinculados, quedando en las zonas más bajas o marginales los clanes menos poderosos. A partir de un asentamiento inicial, se va incorporando la nueva población, la cual será la encargada de habitar estos barrios periféricos. Siempre se construye bajo el mismo plan preconcebido, puesto que la distribución de las viviendas no permite improvisaciones, ni grandes transformaciones. Ante la inevitable falta de espacio, las dependencias habitacionales no contarán con superficies amplias, sino, por el contrario, con construcciones levantadas en varias plantas. Tanto es así que una misma vivienda podía disponer de varios accesos: la que se encontraba a ras de la calle en el habitáculo bajo y aquel del piso de arriba que se situaba en la terraza inmediatamente superior.

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“Las edificaciones se adosaban a la pared rocosa del cerro a lo largo de terrazas artificiales. Eran grandes casas con varias plantas a las que se accedía por medio de escaleras. Los muros tenían un zócalo de piedra de una altura que variaba entre 70 y 150 cm sobre el que se levantaba una pared de adobes. El muro posterior, construido en piedra en su totalidad, se apoyaba sobre la roca y, en algún caso, llegaba a tener hasta 4 m de altura. Todas las paredes se revestían con barro y en muchos casos se enlucía con cal o se pintaban de tonos rojizos o azulados. Los techos planos consistían en un entramado de vigas y ramaje que sostenía una gruesa capa de barro. El suelo era de tierra batida y las puertas y las pequeñas ventanas se abrían en la fachada.”. (Texto procedente de la cartelería del yacimiento)

En Edeta no existieron barrios especializados, era en el interior de las propias viviendas donde se realizaban las transformaciones de alimentos y el lugar en el que se practicaban las actividades artesanales. En cambio, sí existieron artesanos especializados, como alfareros y pintores, que trabajaban por encargo al servicio de la clase dirigente. Estos ceramistas y decoradores serán los responsables de inmortalizar la vida cotidiana de la aristocracia edetana plasmando sobre la cerámica las celebraciones colectivas de las clases poderosas en sus ritos, sacrificios y desfiles.

Los equites o jinetes realizaban ejercicios de doma y monta de caballos para el deleite de los espectadores. Era costumbre de este grupo social acudir a la batalla montando al animal y desmontándolo para luchar cuerpo a cuerpo. Su importancia e influencia era tal que estaban considerados casi como verdaderis héroes, algo así como el grupo de guerreros de mayor alcurnia y status superior.

Los desfiles militares estaban representados por estos equites, además de infantes, precedidos siempre por mujeres y músicos. Los guerreros recorrían las distintas calles de la capital edetana, a lo largo de sus rampas y zigzags, engalanados con la variada panoplia militar como fueron las falcatas, jabalinas, lanzas, puñales, caetras, scutum, cascos y corazas. La cetrería fue una actividad muy practicada por estos guerreros, siendo los ciervos y jabalíes sus presas más codiciadas.

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Fragmento de cerámica edetana con representación de Equite. Museo Arqueológico de Llíria.

También era muy habitual contemplar la procesión pública del joven aristócrata en el rito del paso a la edad adulta; la tirilla cruzada al cuello y sobre su pecho lo identificaba. En estos casos, el joven jinete montaba al animal vistiendo con su túnica corta. Desfilaba desarmado y con las riendas del caballo asidas a una mano. O muy común el cortejo nupcial en el que una pareja a caballo era conducida a su nuevo hogar en una procesión acompañada de danzas en las que participaban hombres y mujeres cogidos de la mano. El aulo o flauta doble era tocado por una mujer que precedía la comitiva, además de otros músicos con panderos y arpas.

Porque la mujer adulta va a jugar un papel fundamental en esta sociedad íbera. Participará en banquetes, procesiones, festividades y rituales, es decir, en todo tipo de actividades religiosas, sociales o políticas en igualdad a los hombres. Propiamente, los santuarios han sido asociados a divinidades femeninas relacionadas con la fertilidad y la naturaleza, asimilándolas a la Deméter griega o la Tanit fenicia. En el interior de sus imágenes, fabricadas en terracota, se depositaban perfumes para su quema o muestras de las primeras cosechas, como eran los casos de las espigas de trigo.

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Imagen de diosa. Museo Arqueológico de Llíria.

La mujer adulta que formaba parte de la élite edetana siempre acudía a los actos públicos cubriendo su cabeza, un alto tocado puntiagudo sobre el que caía un velo. Un manto, en ocasiones rematado en borlas, cubría todo su cuerpo, llegándole el velo sólo hasta la altura de la cintura. Vestía con túnica y zapato cerrado y se adornaba con todo tipo de joyas, pulseras y collares, pudiendo ser sus cuentas de pasta vítrea. En estos tipos de actos la mujer solía portar una flor en la mano. En cambio, las jóvenes tenían una presencia bien distinta con respecto a las mujeres adultas y su participación en estos actos públicos estaban restringidos; carecían de todo protagonismo. Solían llevar el cabello recogido en una única trenza, también en dos, cuyo extremo quedaba rematado por una anilla o esfera. Para adornarse, utilizaban gargantillas ajustadas al cuello, brazaletes y pulseras. Solían vestir con túnica de escote redondeado y manga corta.

La mujer ibérica se dedicaba principalmente a las labores agrícolas y domésticas, siendo el hilado una de sus principales. Es por ello que los telares formaban parte del ajuar doméstico y, aun siendo estructuras móviles que podían ser transportados de una habitación a otra, solían situarse a la entrada de la vivienda para aprovechar la luz solar.

Cerrando simplemente los ojos, con toda esta información podríamos recrear cómo sería una de estas procesiones públicas en un día cualquiera de los ciudadanos de Edeta:

Un joven aristócrata monta a caballo recorriendo las calles que se dibujan en las laderas de la ciudad. La mañana elegida para anunciar su paso a la madurez ha resultado despejada y soleada; el muchacho quiere manifestarse de forma solemne. Mujeres cubiertas con velo y tocados puntiagudos preceden al joven aristócrata, han elegido sus mejores adornos para la ocasión. En sus manos portan flores.

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Cuello de jarra con representación de comitiva o procesión. Museo Arqueológico de Llíria.

Grupos de hombres y mujeres, cogidos de la mano, danzan al son de ese sonido mágico que emana de los aulos tocados desde otros labios femeninos. Acompañadas de dulces cantos, las notas de la melodía acaban perdiéndose en la lejanía de los campos que definen el amplio territorio.

La comitiva cívica va pasando, poco a poco, por delante de las viviendas dispuestas en hilera de las pendientes zigzagueantes. A sus puertas, y aprovechando la luz solar, jóvenes edetanas con el pelo recogido en trenzas hilan bellas prendas sentadas, una frente a otras, en unas enormes sillas de madera. Al ver pasar al joven montado en el robusto animal, siempre signo de riqueza y poder, entre ellas se lanzan unas risas cómplices e inocentes. En el fondo sólo ansían que, en el día de su matrimonio, puedan tomar como futuro esposo a uno de los guerreros más destacados de su ciudad.

Entonces, ¿qué pudo sucederle a la ciudad íbera de Edeta para que esta quedara deshabitada cuando mayor fue su apogeo? ¿Destrucción del asentamiento?, ¿abandono de sus grupos humanos? Fuera lo que fuese, muy posiblemente su motivo o causa llevara la firma de los que serían los nuevos colonizadores: Roma.

En este sentido, las fuentes escritas nos han proporcionado el principio de un intervalo de tiempo para el que los estudios arqueológicos han intentado encontrar y demostrar su otro extremo: Finales del siglo III a.C., año 218, fecha en la que Aníbal sitia y conquista la cercana ciudad, también edetana, de Arse (Sagunto) Aunque, a priori, cabría pensar que las acciones bélicas del general cartaginés se extendieran hacia el resto del territorio edetano, en realidad esto nunca sucederá. O por lo menos así lo ha puesto de manifiesto la arqueología al no detectar ningún otro nivel de destrucción para ese periodo en concreto en el resto de los yacimientos estudiados hasta el momento.

Por tanto, encontrándose Edeta a tan sólo 25 km de distancia respecto a la sitiada Arse, se ha podido concluir que, al día de hoy y a la espera de nuevas evidencias, los asentamientos de alrededor de la ciudad conquistada por el Bárquida sobrevivieron a sus ataques. Aunque en un principio no tenga la mayor importancia para el tema que aquí abordamos, comentaremos que, entre los años 214 y 212 a.C., Roma, de la mano de Publio Cornelio Escipión, conquistará definitivamente esta ciudad y se la entregará nuevamente a sus antiguos habitantes.

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Acceso al interior de una de las estancias de una vivienda de la ciudad de Edeta. Tossal de Sant Miquel. Llíria, Valencia.

Continuamos en el transcurso de las Segundas Guerras Púnicas a sus inicios. Existe otra fecha en la que, indirectamente, también podemos poner en relación al asentamiento de Edeta: año 209 a.C., el general romano conquista la capital púnica en Iberia, Qart Hadasht, y con ello libera a las familias de algunos íberos ilustres que Aníbal retenía a modo de rehenes. Entre estos miembros de la aristocracia íbera se encontraban los familiares del régulo edetano Edecón quien, desde esos instantes y en agradecimiento, apoyará la causa de Escipión. Muy posiblemente, la monarquía edetana y todos los asentamientos dependientes se habrían visto obligados a abrazar la causa cartaginesa, quizás por sometimiento.

Durante el siglo III a.C., Edeta económicamente se había mantenido invariable con respecto al siglo anterior. Se da la circunstancia que el momento de máximo esplendor en la comarca coincide bajo el gobierno de Edecón y sus relaciones con los púnicos. Este sería, pues, otro dato interesante.

Por el contrario, la fidelidad mostrada por el régulo edetano hacia el general romano, teóricamente, debemos entenderla como duradera. A esta conclusión se llega de los propios textos clásicos y la ausencia de referencias a esta ciudad cuando se llevaron a cabo las acciones de represión ordenadas por el cónsul Catón en el año 195 a.C., sólo tres lustros después de haber sido conquistada la actual Cartagena.

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Tramo de calle de la ciudad de Edeta. Tossal de Sant Miquel. Llíria, Valencia.

Pero sólo decíamos teóricamente, puesto que la arqueología ha demostrado completamente todo lo contrario. Tal vez no en la ciudad de Edeta, aunque sí en varios de sus asentamientos dependiente. Uno de ellos es el yacimiento de Castellet de Bernabé,  el cual fue identificado como una de las granjas o explotaciones agrícolas controlada por la élite edetana. En este caso se ha evidenciado una destrucción violenta motivada por incendios provocados y que propiciaron el abandono inmediato y definitivo de sus habitantes. Este trágico suceso tendrá lugar en el mismo periodo en el que se producen las expediciones de castigo y pacificación ordenadas por Catón.

O, por ejemplo, el incendio y destrucción del fortín fronterizo de Puntal dels Llops. Como ya comentábamos en su correspondiente artículo, el sistema de defensa y control del territorio edetano fue desmantelado hacia el 190-180 a.C. y los únicos episodios bélicos de envergadura y cierto calado que se conocen son las revueltas íberas del 197 a.C. y la posterior pacificación en el consulado de Catón que, según las fuentes escritas, no afectaron a estas tierras. Volvemos a insistir en este punto, teóricamente Edeta y su entorno entra en la órbita de los nuevos colonos de manera pacífica.

Y si esto fue así, ¿qué pudo ocurrir? ¿Acaso no fueron respetados los pactos a los que llegaron Edecón y Escipión sólo quince años antes? ¿Pudo mirar Edeta con nostalgia sus tiempos de prosperidad cuando lucharon bajo el sometimiento púnico? ¿No sería que la ciudad se vio finalmente perjudicada por los acuerdos de fidelidad mantenidos con Roma e intentó combatirla en un último esfuerzo?

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Tramo de calle superior con acceso a interior de vivienda. Tossal de Sant Miquel. Llíria, Valencia.

Muchas son las cuestiones que a partir de ahora se plantean, pero para las que, desgraciadamente, sólo existe una posible respuesta. A partir de estas fechas es cuando Roma empieza a organizar administrativamente Hispania y una de las primeras medidas adoptadas por Catón fue la de ordenar a la población íbera a demoler sus murallas y a bajar a terreno llano. La organización administrativa de la nueva provincia significará el final de las estructuras políticas indígenas. Edeta también se vería perjudicada, independientemente a los acuerdos, perdiendo así todo su estatus y poder.

El cambio de centuria del III al II a.C. fue, en definitiva, un período muy agitado en el que se empiezan a gestar importantes transformaciones. Los periodos de esplendor se los ha llevado el agua río abajo, ahora le continúa su declive. El modelo de ocupación y la forma de vida de los siglos precedentes desaparecen, aunque las tradiciones y costumbres se resisten a abandonar la conciencia colectiva de estos habitantes y perdurarán dos siglos más conviviendo con la nueva cultura impuesta.

La espléndida y exuberante ciudad íbera de Edeta sufriría una gran destrucción, incendio y posterior saqueo, a partir de estas represiones que hemos comentado en sus núcleos de población dependientes, las cuales se estiman como fecha tope 175-150 a.C. Formaría parte del proceso de romanización, del cual no pudieron recuperarse. Aunque no se destruya y se abandone de inmediato como otros asentamientos de índole menor, lo lógico fue que durante los siglos II – I a.C. mantuviese una ocupación reducida en la parte superior del cerro, sobre la acrópolis y primeras laderas.

Por tanto, habrá que esperar a la época imperial para que la ciudad y sus habitantes vuelvan a recuperar nuevamente todo su esplendor, aunque lo hicieran en llano y donde hoy se localiza la actual Llíria.

Un saludo a todos.

Bibliografía:

  • La fundación de Valentia y los territorios ibéricos circundantes (Consuelo Mata Parreño)
  • El llano de Lliria y sus relaciones con la Meseta, desde el Bronce Final hasta la Romanización (Helena Bonet Rosado y Consuelo Mata Parreño)
  • Los Iberos y su Mundo (Benjamín Collado Hinarejos)
  • El Poblado Ibérico del Castellet de Bernabé, Llíria (Pierre Guérin)
  • El Puntals dels Llops. Un fortín edetano (Helena Bonet Rosado)
  • El Tossal de Sant Miquel de Lliria: la antigua Edeta y su territorio (Helena Bonet Rosado)
  • La panoplia en los vasos del Tossal de Sant Miquel (Llíria). Ensayo de interpretación iconográfica (Susana Rosa Pérez Ferrandis)
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