Santuario ibérico Cueva de la Lobera

Castellar, Jaén

Impasibles sobre sus monturas, los equites otean el horizonte controlando el trasiego de gentes que, diariamente, transitan por estos viejos caminos. Son mercaderes venidos de tierras lejanas cargados con otras culturas y costumbres. También los hay oriundos de la propia Oretania que, sobre sus acémilas, llegan hasta la capital de la región en busca de nuevas oportunidades. Nos encontramos ante una de las demarcaciones definidas como frontera natural dentro del territorio de Cástulo durante los siglos IV y II a.C., periodo de tiempo en el que se mantiene en uso el importante santuario íbero que, a continuación, pasamos a describir.

EXPLANADA

Explanada justo a los pies del santuario íbero. Castellar, Jaén.

Es este control de caminos el objeto principal que hace de la presencia militar una cuestión primordial y necesaria. Desde la posición elevada que ocupa el monumental templo rupestre se distingue, allá en la lejanía y justo al inicio del cordón montañoso, el otro gran santuario natural dedicado a sus divinidades (santuario Collado de los Jardines. Santa Elena, Jaén). Este segundo centro de culto indígena viene a jugar el mismo papel fronterizo y de acceso al territorio de Cástulo, como en el que aquí nos encontramos. Por este preciso motivo, además de permitir el control visual de la amplia zona que se abre bajo sus pies, la majestuosidad del lugar hace que sea perfectamente identificable por el viajero desde largas distancias atrás.

VISTA DEL TERRITORIO DE CASTULO

Vista del territorio limítrofe de Castulo desde el santuario íbero La Cueva de la Lobera. Al fondo, en el horizonte, el inicio de Sierra Morena donde se localiza el otro santuario de Collado de los Jardines. Castellar, Jaén.

Después de concluir su largo viaje, cuando el caminante atraviesa las inmediaciones del cerro donde se erige este santuario y así levanta la cabeza, el sentimiento de haber alcanzado su destino y adentrarse por fin en tierras castulenses puede chocar frontalmente con la imagen impactante que transmiten los habitantes de la zona que hasta este lugar también llegan.

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Tramo del viejo camino que lleva hasta el Santuario. Actualmente, forma parte de la ruta. Castellar, Jaén.

Tal vez esta jornada coincida con una de las dos celebradas durante el año en las que el astro solar alcanza su punto más alto en el cielo; aquella cuando las horas de luz se reparten por igual con respecto a las horas nocturnas. Si esto fuese así, estaríamos en el día que la divinidad decide mostrarse ante sus oferentes, es decir, unas fechas de fiesta y celebraciones en las que se realizan desfiles militares, exhibiciones de luchas, además de danzas acompañadas de melodías musicales. Estas festividades concluirán con una peregrinación de la población de Cástulo hacia el santuario, lo que hace que se convierta este espacio en un lugar de encuentro social muy concurrido.

La población va ascendiendo hasta la cueva siguiendo el tramo final del camino que lo une con la ciudad y sus aldeas. Se alcanzará el lugar sagrado aprovechando las distintas terrazas dispuestas sobre la pendiente natural. En su parte más alta es donde se depositan las ofrendas dedicadas a la diosa protectora, llamémosla Tanit, Astarté o, probablemente, Betatun.

TERRAZAS SOBRE LA PENDIENTE NATURAL

Terrazas sobre la pendiente natural en su camino de ascenso al santuario.

Agricultores y campesinos transportan en sus fardos parte de la cosecha recolectada. Algunos de los hombres que forman la comitiva sacra cargan sobre sus hombros las crías de animales con las que se practicará el sacrificio oportuno; los animales adultos van, sencillamente, conducidos por los pastores. Las mujeres visten con blanca túnica y togas de vivos colores, las jóvenes lucen sus largos cabellos trenzados. Todas quieren mostrarse  bellas ante su divinidad, ataviadas con los más ricos ajuares y ornamentos, y lo hacen portando entre sus manos unos cestos de mimbres con los objetos destinados a las ofrendas. Incluso llegan carruajes escoltados por miembros de la milicia, en ellos se traslada a la élite castulense justo hasta el nacimiento de esta pendiente.

Pero, independientemente al lugar de procedencia y a su condición social, todo aquel que viene a solicitar ayuda y protección a la diosa, lo hace por motivos de salud,  además de cuestiones relacionadas con la fertilidad de sus tierras y la fecundidad de las mujeres. Los hay que piden consejo para el paso hacia la madurez y el abandono de la niñez e, indiscutiblemente, también por materias nupciales; los jóvenes íberos siempre tan preocupados por los favores de  la diosa a la hora de contraer matrimonio. Concedidos todos ellos, la población es agradecida y deposita una ofrenda a modo de gratitud.

SANTUARIO IBERO LA CUEVA DE LA LOBERA

Santuario íbero La Cueva de la Lobera. Castellar, Jaén.

Gentes, carros y animales se aglutinan a las puertas de un conjunto de construcciones cuadrangulares que se distribuyen a lo largo de la última explanada, aquella ubicada más próxima al viejo camino. Gracias a la alineación de estas estancias, levantadas en adobe y cubiertas con techumbre vegetal, se definen las estrechas calles del diminuto espacio urbano. Sobre sus intersecciones se forman pequeñas plazas donde improvisados puestos de mercado ofrecen un variado género a la población indígena que hasta el santuario sube. Son estos unos tenderetes fabricados en lonas, elevadas mediante cañas a través de la cual se consigue proteger la mercancía de los rayos de sol o de la fina agua de lluvia que pudiera caer. Todo lo que se venda en estos puestos estará destinado a las ofrendas.

ESPACIOS DE LA TERCERA TERRAZA

Espacios de la tercera terraza donde quedarían establecidas las habitaciones para sacrificios.

El interior de estas construcciones carece de cualquier tipo de compartimentación y es aquí donde se realizan los sacrificios. Por tanto, se tratan de unos espacios destinados a la intimidad y al respeto hacia el desconocido y sus inquietudes en los que el religioso, después de cortar el cuello al animal de forma precisa, verterá parte de su sangre en un contenedor de cerámica que se subirá hasta el templo y se depositará a los pies de la diosa.

Y es justamente en esta primera terraza inmediata a la cueva, donde la población va depositando los exvotos representando el motivo de su petición. Su tiempo de ruego y ritual, aun siendo prolongado, es respetado por el resto de la comunidad. Anexa a ella, los hombres y mujeres depositan sus ofrendas a modo de agradecimiento.

EXVOTOS MAN

Exvotos expuestos en el Museo Arqueológico Nacional de España. Bronce, cultura ibérica siglos IV-II a.C. y pertenecientes a la Cueva de la Lobera. Son figuras mucho más toscas, esquemáticas y con menor variedad que los exvotos del otro santuario castulense Collado de los Jardines.

Bajo la atenta mirada de los milites, los encargados de velar por este santuario rupestre organizan la cola de los oferentes que se forma en el camino de acceso. Ellos son los responsables de ordenar el paso de la población hacia las distintas estancias del espacio sagrado, las cuales se asocian a una serie de cuevas y cobijos. Frutos frescos o secos, pan, vino y agua se depositan en platos, bandejas, cestos o en cualquier otro envase de barro cocido a los pies del altar. Las practicas rituales se acompañarán de agua para las libaciones, así como de los sacrificios practicados en los departamentos de la terraza inferior.

La gente de Cástulo irá accediendo a la primera terraza. Allí depositarán sus ofrendas, exvotos de bronce que introducen en cualquiera de los orificios de la roca: el útero de la diosa. Estos pequeños muñequitos de metal representarán cada tipo de plegaria realizada. Con sumo cuidado, se agachan para colocarlo sobre la roca fría; con los brazos elevados se presenta la ofrenda a la divinidad a la vez que se le implora por el ruego o deseo. El resto de oferentes que allí coincide repite, en voz alta, el nombre de la diosa mientras el encargado de realizar la ofrenda muestra sus reverencias agachando la cabeza y extiende los brazos en claro gesto de sumisión. Finalizada la oración, se abandona el lugar para dar paso al siguiente devoto. De esta forma los castulenses, uno a uno, van presentando sus ruegos y agradecimientos.

INTERIOR DE LA CUEVA LA LOBERA

Interior de la Cueva la Lobera, lugar donde se colocaban los exvotos de bronce. A sus pies se depositaban las ofrendas a la diosa.

En un momento determinado de la jornada festiva, cuando el astro solar alcanza su cenit, los rayos de luz penetran en el interior de la cueva. Este es el preciso instante en el que un haz de luz logra dibujar el rostro de la divinidad sobre una de sus paredes de esta cavidad natural. Sin lugar a dudas, se ha alcanzado el summum de estas jornadas de celebración disfrutadas por todo el pueblo que ya tocan a su fin.

Bien, una vez descrito este lugar de culto al aire libre y cómo se realizarían las ofrendas ante la diosa, pasemos a formular una pequeña reflexión que, no por ello, deja de ser interesante y llamativa. Como indicábamos, contamos con un santuario en territorio fronterizo de la antigua Cástulo dedicado a una divinidad, muy probablemente femenina, a la que se le entregaban ofrendas con objeto de encomendarle favores relacionados con la fertilidad, la fecundidad, el paso del individuo al estado de madurez y por aquellas cuestiones vinculadas con la celebración de enlaces matrimoniales y buen augurio. Además, también estaban los ruegos y plegarias dedicados a la salud y a las enfermedades de sus habitantes. El templo consagrado a esta diosa se mantendrá en uso entre los siglos IV – II a.C.

VENTANALES DE LA CUEVA

Ventanales de la cueva donde también se depositaban los exvotos, pero, sobre todo, por donde penetraban los rayos de luz al interior generando el efecto de la aparición de la diosa.

Por otro, las antiguas fuentes literarias nos transmiten el nombre de una princesa llamada Himilce, hija del rey de estas tierras de nombre Mucro, quien en el último cuarto del siglo III a.C. contrajo matrimonio con el general cartaginés Aníbal Barca. Con la unión entre los pueblos de la Oretania y Cartago se sellaría una alianza para la lucha contra Roma.

Admito que se trata simplemente de una débil hipótesis, imposible de demostrar y en el que tampoco ha quedado testimonio alguno como para confirmarlo. Pero, ¿pudo sellarse esta alianza en el santuario de la Cueva de la Lobera y ante la diosa castulense? Se conoce que Aníbal e Himilce contrajeron matrimonio en la primavera del 221 ó 220 a.C. en el templo de Tanit erigido en la que, en esos momentos, era la ciudad púnica de Qart Hadasht. Puede que para llevar a efecto esta alianza o pacto, el general cartaginés primero tuviera que respetar las costumbres castulenses y realizar también una ofrenda a la diosa en una de sus fiestas y celebraciones.

ESTATUA DE HIMILCE

Fuente de los Leones, monumento arqueológico procedente de la ciudad romana de Cástulo, está coronada por la estatua de Himilce, princesa íbera y esposa de Aníbal. Baeza, Jaén.

Los días a los que nos hemos referido, aquellos en los que el sol alcanza la parte más alta del cielo y las horas diurnas coinciden con las nocturnas, en realidad corresponden a los dos equinoccios anuales: el que sucede el 20 o 21 de marzo con el paso del invierno a la primavera (Aníbal e Himilce contrajeron matrimonio en primavera) y el que sucede el 22 o 23 de septiembre con el paso del verano al otoño. En estos días, en un momento concreto de una hora determinada, la luz del sol penetraría hasta el fondo de la cueva por una abertura realizada, muy posiblemente, para crear el efecto de la aparición de la diosa sobre la pared de este santuario natural. Esa sería la imagen de la divinidad que los castulense vieran en ese instante.

Parece interesante, sino tentadora, la idea de que Aníbal hubiera contemplado a la diosa en este santuario días previos a su enlace con Himilce. Desde luego que la importancia del evento y las repercusiones que con él se derivaron, hace dudar que los interesados no buscaran el amparo y la protección de todos sus dioses.

Nos situamos en un momento de la historia en el que Aníbal iniciaba una larga y dura campaña contra Roma y en el que, previamente, buscó aliados en Iberia con los que engrosar su ejército. Para llevar a buen término sus pretensiones de conquista, necesitaría del beneplácito de todos los dioses, los suyos y los de sus aliados. Muy posiblemente él se debiera a la diosa Tanit, pero los de Cástulo tenían su propia divinidad con tradición bien arraigada. Por tanto, resulta difícil imaginar que el general cartaginés no se hubiera visto obligado a satisfacer las demandas de los nuevos aliados y, en los festejos primaverales del 221 o 220 a.C., no se presentara junto a Himilce a los pies del santuario de la Cueva de la Lobera para realizar su correspondiente ofrenda.

Aunque claro, tan sólo se trata de pura conjetura.

Notas:

Si te interesa este tema, otro ejemplo de santuario ibérico relacionado con los equinoccios sería el que se halló en el yacimiento arqueológico de Torreparedones, situado en el municipio cordobés de Baena. Pulsa aquí para visitarlo.

Bibliografía:

  • Cartelería del yacimiento.
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