Yo soñé con Viriato

Yacimiento Arqueológico Laderas de Morana. Lucena, Córdoba

ESTATUA DE VIRIATO

Estatua de Viriato en Zamora.

En dos ocasiones salí a su encuentro y por dos veces regresé con las manos vacías. Sabía que estaba allí, escondido entre rocas y agreste vegetación, pero no lograba dar con él. Confieso que durante un tiempo llegué a sentirme como el mismo Serviliano en su incansable persecución sobre el insurrecto Viriato por tierras hispanas, pues nunca lograba alcanzar mi objetivo. Aún peor, se había convertido en una verdadera obsesión; una idea que, por mucho que intentara, no podía quitármela de la cabeza.

Esta es la historia de esta persecución y de unos restos arqueológicos que los historiadores del lugar han querido identificar con la antigua Erisana, oppidum nombrado por Apiano en su obra Historia Romana: Sobre Iberia.

Año 142 a.C., por mandato del Senado romano y como nuevo cónsul, Quinto Fabio Máximo Serviliano llegó a tierras hispanas. Lo hizo al mando de dos legiones que se sumaban a las ya acantonadas en el campamento de invierno de Corduba. Había concluido la guerra contra Cartago y el poder de Roma, ahora más fuerte que nunca, podía invertir todos sus esfuerzos en acabar con las insurrecciones de los pueblos de la Iberia. El nuevo cónsul fue enviado con el imperativo de penetrar en la Lusitania y enfrentarse a los hispanos insurrectos acaudillados por su líder Viriato.

Nada más tomar posesión del cargo y controlar la zona, Serviliano hizo llamar a los líderes de los pueblos indígenas, fueran estos aliados o no a la República, para requerirles hombres con los que engrosar su ejército. Como se esperaba, unos aceptaron y otros se negaron rotundamente. Así mismo, escribió misivas a Micipsa, rey de los númidas, para que le fueran enviados con urgencia jinetes norteafricanos y un contingente de elefantes de guerra.

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Acceso al cerro de la Morana por su cara Sur. Lucena.

Hasta el momento su hermano Emiliano era el único cónsul que había conseguido derrotar a Viriato y hacerle huir hacia sus tierras. Pero, llegado el final de su mandato en Hispania, se vio obligado a regresar con el sentimiento de fracaso sobre sus hombros. Las insurrecciones de los pueblos íberos ya se dilataban demasiado en el tiempo y Serviliano era consciente de ello. Por ello mismo, una de sus principales prioridades, nada más instalarse en su nuevo destino, fue la de componer una fuerza militar lo más nutrida posible con la que garantizar su victoria. Seguro de las posibilidades, como todos los anteriores cónsules que se habían enfrentado a Viriato, Serviliano inició la campaña adentrándose en territorio enemigo. En su caso, resultaba imprescindible recuperar la importante plaza turdetana de Tucci fiel a la causa, un oppidum que el caudillo lusitano les había arrebatado tiempo atrás. En las proximidades de esta ciudad el general romano había decidido establecer el campamento de campaña.

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Restos de sillares floreciendo en la ladera sur.

Nada más tener noticias de la presencia y pretensiones del nuevo cónsul, Viriato no quiso esperar su llegada y partió al encuentro. Antes que Serviliano pudiese llegar al asentamiento de Tucci, el líder lusitano consiguió darle alcance y atacar por sorpresa con su gran ejército. Esta era una estrategia que los bravos guerreros íberos dominaban a la perfección; siempre habían logrado muy buenos resultados el enfrentarse a las tropas romanas atacando por distintos flancos mientras generaban enorme confusión con su griterío ensordecedor.

Pero las fuerzas de Serviliano, tal vez fuera por la estima renovada o quizás debido a la seguridad transmitida por el nuevo general, en esta ocasión no se amedrentaron. Los rebeldes hispanos no consiguieron descomponer las filas romanas, tal y como había sucedido en anteriores encuentros, y tras una cruenta batalla los hombres del cónsul rechazaron a los indómitos íberos para, finalmente, lograr su propósito de llegar hasta la ciudad de Tucci y recuperarla.

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Fortificaciones naturales en ladera sur Cerro la Morana. Lucena.

Contrarrestado este primer ataque, las legiones de Serviliano entraron en la siempre tan inconstante Tucci, aliada de Roma en ocasiones y en otra de los hispanos. Aún con este pequeño contratiempo, los planes de Serviliano seguían su curso. Ya tenía asegurada la retaguardia y podía intentar adentrarse en territorio hostil.

Al poco de controlar la ciudad hispana, llegaron los elefantes de Minipsa, diez en número, acompañados de trescientos jinetes númidas. Su presencia fortalecía aún más el optimismo de los romanos, quienes veían cercana la derrota definitiva de Viriato. Entonces, Servilio dio orden de avanzar hacia el interior de la Lusitania, no sin antes dejar bien guarnecida la ciudad recién conquistada. El siguiente paso consistía en levantar un campamento base que pudiera utilizar como punto de partida para el resto de operaciones que tenía pensado emprender; era el momento clave de iniciar la persecución sobre el caudillo rebelde, quien consiguió huir hacia su territorio tras el ataque frustrado.

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Cisterna en ladera Norte. Cerro la Morana, Lucena.

Llegó el día en el que las legiones de Roma consiguieron dar alcance al ejército de Viriato, pero, en lugar de entablar batalla respetando una correcta y ordenada formación de ataque, aún eufóricos por su última victoria, los soldados emprendieron la persecución sobre sus enemigos bajo el más absoluto de los desórdenes.

En un principio Viriato, al ver peligrar la seguridad de los suyos, dio orden de retirada. Pero al percatarse rápidamente del error táctico en el que incurría el ejército de Serviliano, el lusitano decidió dar la vuelta y hacerles frente. Esta falta de control del cónsul sobre sus hombres provocó que perecieran en el campo de batalla un gran número de romanos bajo las falcatas íberas. Las tierras de Hispania volvían a sembrarse con cadáveres de las legiones, regadas además con su propia sangre.

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Grueso o base de las antiguas murallas romanas. Cerro de la Morana, Lucena.

No satisfecho con ello, el resto del contingente itálico, que pudo escapar de la matanza lusitana, fue acorralado en el campamento base al que habían conseguido huir. Allí Viriato no encontró apenas resistencia a excepción de las correspondientes guarniciones dispuestas en las puertas de acceso. Por ello, durante el transcurso de toda la noche, el castra aestiva levantado por el cónsul jornadas atrás fue hostigado y atacado continuamente por la caballería ligera íbera hasta obligar a Serviliano a regresar a la ciudad de Tucci.

Por su lado, el caudillo rebelde, a falta de provisiones con los que continuar en campaña y comandando un ejército mermado por los últimos enfrentamientos, ordenó prender fuego el campamento enemigo y replegarse nuevamente hacia la Lusitania.

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Puerta de foso o torreón de muralla, visto desde fuera, en Yacimiento Laderas de Morana. Lucena, Córdoba.

Entrados en el año 141 a.C., Quinto Fabio Máximo Serviliano se sentía incapaz de dar alcance a Viriato. Pronto expiraría su mandato e, irremediablemente, tendría que regresar a Roma. En la gran urbe y ante el Senado, el cónsul estaría obligado a dar las explicaciones oportunas sobre el enorme fracaso de su cometido. No podía volver con las manos vacías, pensaba el romano; necesitaba cosechar algún triunfo con el que aplacar la ira incontenida del grupo de senadores más conservador. Así pues, reflexionó, lo mejor era cambiar de estrategia y reemprender una nueva ofensiva sobre los pueblos hispanos insurrectos.

Aprovechando que su enemigo se encontraba alejado de esta parte del territorio, desde Tucci, el cónsul decidió penetrar en la Beturia y saquear cinco de las ciudades afines al caudillo rebelde. Al poco, realizó una nueva incursión, esta vez contra la tierra de los cúneos para, finalmente, marchar a la Lusitania.

El resultado de estas expediciones punitivas estaba siendo de lo más fructífero para los intereses del romano. Después de un pequeño altercado con un grupo de salteadores que intentaron apoderarse del cuantioso botín producto de sus saqueos, Serviliano continuó con su nueva estrategia de represión atacando a las ciudades de Eiscadia, Gemella y Obulcula donde Viriato mantenía guarniciones militares permanentes, así como a otras en las que no estaba claro su posicionamiento ante Roma. Todas ellas fueron saqueadas e incendiadas y su población asesinada impunemente, decapitada ante sus familias o vendida como esclava (léase el artículo Duro castigo en la Bastetania)

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Puerta de foso o torreón de muralla visto desde el interior. Yacimiento arqueológico Laderas de Morana. Lucena, Córdoba

De los pocos que se pudieron salvar de esta gran masacre romana fue Cónnoba, uno de los líderes rebeldes al que se le perdonó la vida después que se rindiera, aunque a todos los suyos les fueron cortadas las manos. Era evidente, se estaba dando un severo castigo a los hispanos insurrectos y había llegado el momento de hacer salir a Viriato de su escondrijo. En esto también consistía el poder de Roma.

A la Lusitania pronto llegaron noticias sobre las continuas represalias que estaban sufriendo algunos de los pueblos afines a la causa de Viriato. Este no lo dudó un instante y partió decidido a enfrentarse contra el cónsul. Cuando el líder íbero dio alcance a Serviliano, el romano se encontraba inmerso en el cerco de Erisana.

Era este un asentamiento turdetano fortificado de tamaño medio, emplazado sobre un cerro amesetado y próximo a las tierras de la Oretania y la Bastetania. El oppidum se hallaba al resguardo de un frondoso bosque formado por encinas, alcornocales y acebuches, protegido en tres de sus caras por unas laderas bien escarpadas. Por sus faldas discurrían las corrientes fluviales que flanqueaban todo el recinto íbero.

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Gran aljibe o depósito romano en Yacimiento Arqueológico Laderas de Morana. Lucena, Córdoba.

Al igual que los otros tres poblados indígenas habitados en las proximidades, Erisana aprovechaba su inmejorable situación montañosa para controlar el territorio circundante, así como los intercambios comerciales que se canalizaban a través de las vías naturales y sus caminos de penetración hacia el interior. Su carácter defensivo quedaba avalado por una doble línea de murallas: la primera rodeaba todo el emplazamiento aprovechando el terreno donde se asentaba. El segundo lienzo protegía la ladera sur, el espacio natural más vulnerable y lugar donde se encontraba el único acceso al oppidum. Además, un conjunto importante de bastiones se adosaban a este segundo muro y en su interior, sobre una pequeña meseta, se había construido una atalaya con la que dominaban la vasta extensión de territorio. Era un asentamiento levantado con fines puramente estratégicos.

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Restos de la Atalaya íbera. Yacimiento Arqueológico Laderas de Morana. Lucena, Córdoba.

Pero como decíamos, las legiones de Serviliano se hallaban concentradas en los trabajos de cercado cuando Viriato apareció. El profundo foso alrededor de Erisana estaba casi listo y los romanos se afanaban por acabarlo mientras terminaban de preparar las empalizadas. El caudillo hispano tuvo que esperar al cobijo que brinda la noche para intentar acceder a la ciudad por uno de sus escarpes, ya que el acceso al oppidum se encontraba estrechamente vigilado por los centinelas dispuestos en esa zona.

Al rayar el alba, Viriato preparó el ejército con todos los hombres disponibles, aquellos que lo habían acompañado durante su viaje junto al contingente de guerreros sitiados en la ciudadela. Y, sin demorarse por mucho más tiempo, dio la orden de atacar.

Los primeros en sufrir la ira de los íberos fueron los soldados que en esa madrugada emprendían los trabajos en las trincheras; no fueron pocos los romanos que en esa mañana contemplaron su último amanecer. Aquellos que vieron peligrar sus vidas a tiempo, abandonaron rápidamente las herramientas de trabajo y huyeron apresuradamente hacia su campamento. A muchos de estos se les consiguió dar caza antes que alcanzaran su destino.

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Restos de Atalaya íbera. Yacimiento Arqueológico Laderas de Morana. Lucena, Córdoba.

Pero se consiguió dar la voz de alarma y con ella se desvaneció el factor sorpresa de los hispanos; el cónsul desplegaba su ejército en orden de batalla en las laderas del asentamiento.

La lucha que se libró en los cerros de Erisana fue dura, intensa y encarnizada. Los guerreros íberos peleaban como animales salvajes por su causa y libertad, los romanos se defendían con uñas y dientes para poner a salvo sus vidas. Llegados a un punto del enfrentamiento, los restos de las legiones de Serviliano fueron acorralados hacia el vacío que presentaba un precipicio del cual no tenían escapatoria posible.

Lo que sucedió a continuación sorprendió a propios y extraños. Tal vez no se tratara de una decisión precipitada y menos aún improvisada. Puede, incluso, que la idea llevara tiempo rondándole en la cabeza a Viriato, meditándola o sopesándola como posible opción para el fin del conflicto. El caso fue que el líder Lusitano, aprovechando la ocasión desesperada de los romanos, les ofreció un pacto: la libertad a cambio de un tratado de paz que lo reconociera como amigo de Roma, foedus, y dueño de las tierras que ya dominaba. Es decir, buscó convertirse en amigo del pueblo romano a cambio de la independencia de sus tierras.

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Cisterna romana en Yacimiento Arqueológico Laderas de Morana. Lucena, Córdoba.

Unos pueden pensar que lo que le indujo al caudillo a tomar esta decisión fuera, simplemente, el cansancio de sus tropas tras tantos años de guerra. Otros, en cambio, pueden justificar su decisión en la oportunidad que vio Viriato para asentar su poder entre los propios lusitanos. De una forma u otra, lo que tenía claro el líder hispano fue que si acababa con la vida de Serviliano y sus hombres en ese preciso instante, nuevos cónsules y nuevas tropas llegarían y la guerra contra su pueblo nunca cesaría.

Por supuesto que Serviliano, atrapado y sin otra opción, aceptó la oferta. De esta forma, en el año 140 a.C., el Senado romano ratificaba el acuerdo de paz y reconocían a Viriato como dux de los lusitanos, otorgándole el título de amicus populi romani.

Este foedus siempre fue mal visto por algunos generales romanos al considerarlo como inaceptable y vergonzoso para la propia Roma; fue el caso de Quintio Servilio Cepión, hermano de Serviliano y su sucesor en el consulado hispano. Desde un principio el nuevo cónsul estuvo en contra del pacto firmado con Viriato y así lo hizo saber en reiteradas ocasiones. Su insistencia lograría que desde el Senado se le concediera permiso para provocar al dux y con su acción, procurar que fuera él quien rompiera el acuerdo; un propósito que finalmente logró. Pero todo esto ya forma parte de otra historia.

Notas

A la actual Martos (Jaén), Apiano la nombra en su obra como Ituca. Tras el proceso de romanización, la ciudad será conocida con el nombre de Colonia Augusta Gemella Tuccitana, título otorgado por Augusto. Fue esta una fundación que, como otras colonias, sirvió para el asentamiento de veteranos y contingentes itálicos necesitados de tierras.

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Restos de muralla en Yacimiento Arqueológico Laderas de Morana. Lucena, Córdoba.

A partir de la interpretación de los textos antiguos, para algunos autores la ciudad de Erisana ha sido identificada con Arsa (Azuaga, Badajoz), aunque sin fundamento alguno.

Lo mismo ocurre con los historiadores lucentinos, los cuales vieron los orígenes de su ciudad en los episodios descritos por Apiano por el simple hecho que el autor clásico mencionara ciudades de la Bética como Iscadia, Obulcola y Gemella. Debemos recordar que Lucena se levanta no sobre un cerro, como es propio en los oppidum íberos, sino en una extensa explanada. Podríamos afirmar que la localidad cordobesa tiene más que ver con la fertilidad de sus tierras y la construcción de villas cuando cesaron conflictos en esta región y los asentamientos prerromanos acaban por despoblarse. Es decir, se abandonan las ciudadelas de alturas para trabajar las tierras llanas.

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Vista de la Campiña Cordobes desde el Yacimiento Laderas de Morana. Lucena, Córdoba.

Ahora bien, por su proximidad y a la espera de unos estudios que así lo confirmen, tampoco sería desacertado relacionar Erisana con el despoblado de Morana, término de Lucena y lugar donde se ha documentado fehacientemente la cultura ibérica y romana. Escondido entre olivos y matorrales, protegido por unas laderas escarpadas y oculto aún bajo la firme tierra de un cerro, se encuentran los restos de un viejo oppidum ibero-romano que los historiadores han querido identificar con esta antigua ciudad. El más que interesante yacimiento arqueológico cordobés se merece un estudio como es debido.

Bibliografía

  • Apiano. Historia Romana. Sobre Iberia (67-69)
  • Memoria de la prospección arqueológica superficial de las Laderas de Morana (Lucena, Córdoba) (Jose Manuel Lara Fuillerat)
  • Artículo de Luis Alberto López Palomo: Morana, testimonio vivo de la antigüedad de Lucena.
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