La Casa de los Mármoles

Si he seguido correctamente todas las indicaciones, este debe ser el barrio donde se encuentra la domus de Caecilius Avitas. Antes de intentar dar con ella buscando entre sus calles, sería recomendable resguardar el animal para que pueda descansar de tan largo y pesado viaje. Por suerte, allí cerca, adosado a la muralla junto al paseo de ronda, hay habilitado un establo donde podría comer y saciar su sed sin problema alguno.

Tras hablar con el esclavo que se ocupa del mantenimiento de las caballerizas y cuidado de las bestias, éste me informa que, por sólo un puñado de sestercios, el animal podría hacer uso de los abrevaderos y alimentarse según la cantidad acordada. Por el contrario, el transporte junto a la carga deberán permanecer fuera, en una explanada reservada para tal fin. El inconveniente de estas condiciones es que el servicio contratado no cubre la vigilancia del carruaje y menos aún la mercancía que porta. El esclavo me comenta que, por unas cuantas monedas más, el podría echarle un vistazo de vez en cuando, para mi mayor tranquilidad. Desde luego que en Augusta Emerita dominan a la perfección el arte de hacer buenos negocios.

PASARRIENDAS

Pasarriendas. Bronce. Siglos III-IV d.C. Área doméstica intramuros. Pozo de la Casa de los Mármoles, Área Arqueológica de Morerías. Museo Nacional de Arte Romano de Mérida.

Aparte de los productos que transporto, motivo suficiente para preocuparme y pagar por ello los sestercios adicionales, tengo un especial aprecio al pasarriendas de metal que me regaló mi padre, el cual utilizo como adorno en el carro. Recuerdo que me lo entregó el mismo día que adquirí este carruaje, cuando decidí dedicarme al mundo del comercio siguiendo sus pasos y los de su progenitor. No es nada ostentoso y únicamente representa a dos viejos eruditos, puedo suponer que a mi padre y a mi abuelo, transmitiendo la experiencia y sabiduría atesoradas durante años. Además, incorpora dos anillas laterales, utilizadas para hacer pasar las riendas, con la imagen de dos animales salvajes a los que a mí, personalmente, me gusta interpretar como la fuerza y la velocidad.

Considero, pues, que la mejor opción será pagar las monedas extras que me proponen y asegurarme de fijar correctamente el paño que cubre y protege la mercancía. Así evitaré que manos indeseables puedan ver el género con demasiada facilidad.

Únicamente me echaré encima la amphorae de colias saxitanus que Caecilius tanto insistió que le consiguiera. Es un tipo de garum que, en pequeñas cantidades, aun se sigue elaborando en las cetarias de los caladeros de Sexi Firmum Iulium; se trata de una salsamenta muy codiciada desde antiguo. En particular, este envase fue llevado al portus de Gades y transportado por toda la vía fluvial del Baetis hasta  alcanzar los embarcaderos de Hispalis. En realidad, este ánfora es el motivo por el que, desde un principio, tuviera que dirigirme a la ciudad hispaliense antes de marchar directo hacia Augusta Emerita.

ANFORAS

Ánforas en la Cueva de Siete Palacios. Museo Arqueológico Municipal de Almuñécar.

Bajo el cobijo que concede el pórtico de esta concurrida calzada, me encamino dirección sur. Necesitaría encontrar alguien a quien pudiera preguntarle por la ubicación exacta de la domus de mi amigo; seguro que en los alrededores lo conocen. A lo lejos distingo a una joven que se encuentra reprendiendo a una pequeña, parece como si la niña estuviese de rodillas ante un pozo. Por el tipo de ropaje que visten intuyo que se trata de la domina y de su infantil esclava. Pero, comprobando el estado de irritación en el que se haya la mujer, lo mejor será pasar de largo y buscar a otra persona a la que pueda preguntar.

Pozo en Zona Arqueológica de Morerías. Mérida.

Un poco más arriba de donde se sitúa el pozo, un tendero está abriendo su tabernae; los chirridos que provocan las barras de hierro cuando se descorren de los postigos son inconfundibles. El sol hace tiempo que salió, por lo que es evidente que este comerciante inicia su jornada laboral algo más tarde de lo normal. Sospecho, incluso, que vive sólo en el propio establecimiento que regenta y, muy probablemente, que pernoctara la noche anterior disfrutando de unos vasos de vino extras, de baja calidad y sin rebajar en agua. De lo contrario, y si tuviese una mujer encargada de gestionar el negocio, nunca le hubiese permitido retirar los portones a horas tan tardías. No es por nada, pero en la misma Corduba conozco algunos casos como el de este tipo; por cierto, sus negocios no son nada prósperos. Mejor será esperar a que el comerciante termine de retirar los tablones de madera y llevarlos al interior de la tabernae para preguntarle.

Calzada junto con restos de columnas del antiguo pórtico en Zona Arqueológica de Morerías. Mérida.

Cuando por fin consigue abrir el negocio, el gesto del tendero se torna agrio y hosco al comprobar que mi intención no era la de adquilir alimento u otro producto de los que ofrece en sus instalaciones, sino formularle una pregunta. En un tono de desprecio, y bajo algún que otro improperio que no llego a comprender entre sus susurros, me informa que la domus de Caecilius se sitúa a unos pasos más arriba, en el siguiente cruce de calles de esta calzada que se dirige hacia el forum provinciae y al templo del Divus Augustus.

Por fin me encuentro a los pies de los escalones del ostium de la domus, no dudo un instante y golpeo el portón de entrada. Al instante se escucha una voz femenina, tal vez de mediana edad, interesándose por el motivo de mi visita; a través de la mirilla alcanzo a distinguir sus ojos negros con largas pestañas. Aún así, me quedo ensimismado contemplando esta pieza de bronce que se inserta en la puerta.

MIRILLA

Mirilla. Bronce. Siglo IV, último uso. Área doméstica intramuros en Área Arqueológica de Morerías. Museo Nacional de Arte Romano de Mérida.

La verdad es que se trata de una obra artesana de gran belleza y finura, donde queda perfectamente representado a Dionisos, dios del vino, acompañado por una comitiva compuesta de un sátiro, ménades danzantes, escanciadores de vino y otros personajes relacionados con la leyenda de Thiasos. Sigo contemplando la preciosa pieza de metal cuando la voz femenina me insiste en que el dominus no se encuentra en la vivienda en esos momentos y si estoy interesado en verle, deberé permanecer fuera hasta su regreso. Mientras tanto no podré ser recibido.

De repente se escucha una segunda voz, también de mujer, que se antepone con fuerza y energía a la primera. Pregunta directamente por mi nombre. Cuando me identifico y le informo que el motivo de mi visita es un encuentro acordado con el pater familias de la casa, rápidamente escucho girar una llave y el pestillo de la cerradura deslizarse.

La Casa de los Mármoles. Zona Arqueológica de Morerías. Mérida

Se abre la puerta y una hermosa joven, vestida con palla y túnica con discretos colores, me toma la mano cálidamente para saludarme. Su nombre es Sabina y se presenta como la esposa de Caecilius. Al parecer, me estaba esperando.

Al principio no me percato, pero, tras acompañarla por el interior de la vivienda, observo que Sabina es la misma mujer que hacía un momento se encontraba reprendiendo a la pequeña en las inmediaciones del pozo. Al llegar al triclinium, única estancia donde el dominus le permite recibir visitas, comenta que su marido ha salido a la plaza pública para el encuentro con un hombre a quien solicitaría una recomendación. No le dijo de quién se trataba, pero sí que esperaba no retrasarse demasiado.

La esposa de Caecilius ha decidido ofrecerme algo para el ientalium y con esa intención ha dado las órdenes oportunas a su esclava; la mujer entendía que aún no había desayunado y deseaba hacerme la espera lo más placentera posible. Con mucha cortesía se disculpó para ir en busca de su esclava Catulia y preguntarle si quedaba algo de la cena de anoche. Le insisto que con un poco de fruta y queso es suficiente, pero parece hacer oídos sordos a mi humilde propuesta cuando abandona la estancia en busca de la sirvienta.

LA CASA DE LOS MARMOLES

Interior de la Casa de los Mármoles. Zona Arqueológica de Morerías. Mérida.

Lo único que puedo hacer ahora, mientras espero con paciencia al regreso de Sabina, es contemplar la decoración de la estancia, la cual se mantiene iluminada básicamente con lámparas de aceite. Parece que todo el suelo ha sido pavimentado con mosaicos sencillos, sin representaciones alegóricas, y sobre el estuco de las paredes se han dibujado recreaciones de piezas marmóreas. Las columnas que preceden a la habitación están pintadas de un rojo vivo, permaneciendo unidas entre sí através de una barra de metal que sirve para aguantar las cortinas de color púrpura con las que se aísla el interior de este comedor, creando esta sensación de privacidad.

Diosa Diana o posible alegoría de Mauritania. Bronce. Siglo II d.C. Localizada en un taller de fundición de metales de época visigoda. Área Arqueológica de Morerías. Museo Nacional de Arte Romano de Mérida.

En el centro, un viejo triclinio cubierto de almohadones preside la estancia. Justo delante de él, y acompañando al conjunto mobiliario, una mesa de tres patas con formas de garras. En la esquina de la pared se sitúa el armario donde, imagino, Caecilius guardará sus objetos más valiosos. En su interior ha dispuesto una estatuilla de bronce con la imagen de la diosa Diana, posiblemente muy venerada por la familia. También hay otra estatuilla con una mujer velada y manto. A su vez, y colgado de la pared, han colocado un relieve representando a un emperador sobre una cabalgadura. Todos estos objetos parecen ser viejos recuerdos de gloriosos tiempos pasados.

Según he podido comprobar de la planta de este edificio y la decoración de sus estancias, diría que Caecilius no es actualmente un ciudadano con grandes recursos. En realidad, su vivienda tiende a ser más o menos de estructura tradicional, sin muchas reformas ni añadidos. Por ejemplo, sigue manteniendo el pórtico público de la entrada y, presumiblemente, aún disponga de hortus en su parte trasera. Todos estos son estancias que, en otra vivienda ampliada y mejorada, ya habrían suprimido como primera opción de reforma en la domus.

Por fin Sabina regresa al triclinium pidiendo disculpas por su retraso. Comenta que se había acabado el mulsum de la despensa y le había ordenado a su esclava que fuera a comprar un envase a una tabernae cercana. Me puedo imaginar donde han adquirido este nuevo vino. A su vez, le indica a la esclava Catulia que corra las cortinas del comedor para que podamos desayunar con mayor claridad. De camino, le recuerda que apague las lámparas; bajo una tenue sonrisa nerviosa comenta que su combustible se ha encarecido mucho en las últimos tiempos.

Relieve con emperador a caballo. Bronce. Siglo III o IV. Embutida en un muro de época califal. Área arqueológica de Morerías. Museo Nacional de Arte Romano de Mérida.

Le agradezco a Sabina todas las atenciones prestadas, pero soy hombre humilde y de costumbres sencillas. Aunque no se lo crea, no estoy acostumbrado a comer en este tipo de estancias de recepción. Así que le ruego desayunemos en la propia cocina.

En un primer momento la mujer me mira con extrañeza, pero cumpliendo con la rogativa de su esposo por hacerme sentir como en mi propia casa, accede a mis peticiones y ordena a la esclava que recoja toda la comida y vuelva a llevarla a la culina. Conforme nos dirigimos a la cubicula habilitada como cocina, le confieso a Sabina que hoy mismo, justo a mi llegada, me había parecido verla en la calle junto al pozo. Rápidamente su cara reacciona pasando de la sorpresa al enfado; es como si mi comentario le hubiese traído a la cabeza un mal recuerdo, el cual intentara dejar apartado para el resto del día.

Jarra (Oinochoe). Recipiente de bronce con depósito troncocónico y asa que adopta la forma de un animal mitológico, un grifo. Los oinochoe eran piezas de vajilla de mesa, destinadas a servir el vino. También se empleaban para cumplir ritos religiosos, como las libaciones a los dioses Lares y a los Manes, en el altar de la casa o en las necrópolis para recordar a los ancestros. Esta jarra pudo pertenecer a una misma familia durante generaciones; se perdió al caer a un pozo cuando pretendían sacar agua de ella. Museo Nacional de Arte Romano de Mérida.

Sabina me explica como tras ordenar a la hija de Catulia que fuera a buscar agua fresca al pozo, ésta no había podido coger otro recipiente que la jarra utilizada por su esposo para las libaciones en el altar de los dioses Lares y Manes. En un intento de llenar la vajilla con agua, a la pequeña esclava se le había escurrido de entre sus diminutos dedos para perderse en el fondo del pozo. Lo ocurrido esta mañana no le agradaría nada al dominus, que interpretaría este hecho como un mal augurio. Admito que, conociendo ahora toda la historia, tenía sentido el enfado de la mujer cuando la vi reprendiendo a la niña, sobre todo si se trababa de un enser tan apreciado en la familia .

Con la intención de seguir agasajándome en la medida de sus posibilidades, Sabina había dispuesto una mesa con rebanadas de pan, aceite, queso, un cuenco con miel, leche y el mencionado mulsum motivo de la espera. Le vuelvo a agradecer toda la atención prestada, innecesaria si cabe tanta amabilidad, ya que me encuentro profundamente correspondido con su hospitalidad.

Interior de la Casa de los Mármoles. Zona Arqueológica de Morerías. Mérida.

Al mirarle a la cara percibo como los ojos de la mujer se han tornado tristes. En un principio creí haber dicho algo que no debiera, pero ella me confiesa que en las últimas fechas la familia no estaba pasando por uno de sus mejores momentos económicos. También me admite que, en estos días, Caecilius se encontraba muy esperanzado por la empresa que habíamos iniciado juntos. Según relata Sabina, este pequeño bache ha hecho que se planteen, incluso, la venta de la hija de Catulia si no encontraban remedio a tan mala situación. Lo ocurrido esta mañana en el pozo no había hecho más que agravar el destino de la niña, a la cual terminarían por separar de su madre.

CASA DE LOS MARMOLES

Interior de la Casa de los Mármoles. Zona Arqueológica de Morerías. Mérida.

Mientras me llevo a la boca un pedazo de pan mojado en leche y miel, escucho atento la historia de Sabina y todas las esperanzas puestas en el nuevo negocio. Una lágrima le recorre la mejilla mientras continua con su relato. Hacía relativamente poco tiempo, Caecilius se había visto obligado a arrendar una de las estancias externas de la domus, aquellas de las que quedan junto a la viae y una de las mejores emplazadas. En esta se había establecido un comerciante, pariente de uno de los propietarios de las fliginae que producían a orillas del río Anas. Su intención había sido vender en la misma tabernae la cerámica común que elaboraban en los alfares de propiedad y aprovechar, de esta forma, la excelente ubicación que otorga la cubicula con respecto a  la calzada que conecta con el foro provincial.

La Casa de los Mármoles. Zona Arqueológica de Morerías. Mérida.

Aunque lo quisieran disimular, estaban siendo tiempos difíciles para la familia. Cuando más deprimida y triste se encontraba ella, su marido intentaba tranquilizarla asegurándole que el negocio con Marcus Iulius le permitiría recuperar aquel prestigio y poder económico perdido. El matrimonio, siempre que les vencía el desánimo, proyectaba en sus sueños como vivirían en una domus elegantemente embellecida con lujosos mármoles. Ambos soñaban con una distribución de los espacios digna de mención: un amplio vestibulum de entrada para impresionar a los clientes que vinieran a rendir homenaje a su esposo en la salutatio. A continuación, un bello peristilum porticado con jardines. Y justo al fondo de la casa, una elegante exedra rodeada de exquisitos árboles frutales y acabada en bóveda sostenida por columnas, la cual quedaría definida como el nuevo tablinium de su esposo donde trataría los asuntos de negocios importantes con su clientela o donde podría retirarse en busca de la paz y remanso después de una agotadora jornada. Ambos también soñaban con disponer de unas termas propias donde poder relajarse. Y por supuesto, ansiaban recuperar la estancia que se habían visto obligado a  alquilar.

Estas eran las ilusiones del matrimonio, recuperar el valor de un apellido perdido en Augusta Emerita. Pero, en cambio, el origen del problema era otro bien distinto. Cuando por fin parecía que se había decidido la esposa de Caecilius a confesármelo, se escucha el golpear de la puerta de entrada. Apresuradamente Sabina, limpiándose las lágrimas de sus ojos, vuelve a cambiar de gesto y solicita a la esclava que vaya a atender la llamada. Posiblemente se trate del dominus que acaba de regresar.

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